Retrato póstumo de Gustavo Rosario Torres, con expresión serena y guayabera blanca, fondo cálido y luz tenue.
Retrato de homenaje póstumo a Gustavo Rosario Torres, político tabasqueño y ex secretario de Gobierno, recordado por su inteligencia, carácter firme y larga trayectoria en el poder público.

OBITUARIO | Gustavo Rosario Torres: el poder que se quebró desde adentro

Héctor I. Tapia

Murió Gustavo Rosario Torres, y con él se cierra uno de los capítulos más prolongados y complejos de la política tabasqueña. Su nombre estaba inscrito en la arquitectura del poder desde los años ochenta.

Fue Presidente Municipal de Centro (1983-1985), Procurador de Justicia del Estado, diputado local y federal, coordinador de giras presidenciales de Carlos Salinas de Gortari, y Secretario de Gobierno de Arturo Núñez Jiménez.

Medio siglo de política pública lo convirtió en una leyenda del sistema: un hombre de los sótanos del poder, donde se manda sin levantar la voz y se sobrevive sin dejar huellas.

Deja tras de sí la imagen de un funcionario brillante y colérico, de una mente que se movía con precisión quirúrgica y de un temperamento que no conocía el equilibrio.

Ejerció el poder como quien lo entiende, no como quien lo presume. Su reputación fue la de un estratega eficaz y de un político sin compasión. También, la de un hombre que no supo leer a tiempo el fin de su época.

EL ASCENSO

En la era del PRI hegemónico, Gustavo Rosario fue ejemplo de ascenso técnico y disciplina política. Conocía las leyes, los procedimientos y las costumbres del poder.

A comienzos de los noventa, se integró a la estructura federal como coordinador de giras presidenciales de Carlos Salinas de Gortari, un cargo reservado para quienes sabían moverse entre las sombras. Desde entonces, cultivó un prestigio que lo acompañó de regreso a Tabasco.

Ya en casa, se volvió consejero de casi todos los gobernadores: Andrés Granier lo consultaba; Arturo Núñez lo incorporó como su hombre fuerte. Era la pieza que garantizaba control, disciplina, orden.

Pero su designación como Secretario de Gobierno (2013-2018) fue un error estratégico: Núñez apostó por un político que pertenecía a la vieja gramática del poder, no al lenguaje que ya imponía la nueva clase morenista. En su intento por conciliar dos eras, Rosario se convirtió en símbolo de la que moría.

EL ESTILO Y LA RUINA

De carácter fuerte y verbo filoso, fue un funcionario que mandaba con gesto, no con palabras. Era inteligente hasta la soberbia. Sus decisiones, según quienes trabajaron con él, mezclaban lucidez con visceralidad. Y su caída llegó, como en tantas biografías políticas, por una torpeza administrativa y un exceso de confianza.

El escándalo estalló cuando la prensa local documentó la compra irregular de un dron, presuntamente valuado en más de 11 millones de pesos, cuyo precio real no superaba los 400 mil. Rosario lo negó, fue a la radio a defenderse, y terminó haciendo más grande el fuego. Aquella decisión —“curarse en salud”, le llamaron— se volvió su sentencia pública. “Se pasó de vivo”, escribió un columnista, y el prestigio que lo sostuvo durante años se volvió descrédito.

Desde entonces, el operador que sobrevivía a todos los gobiernos comenzó a desaparecer del cuadro. El hombre que ejercía autoridad terminó asediado por su propia historia.

EL DISCURSO FINAL

El 27 de febrero de 2018, en el acto oficial por la Gesta Heroica de Tabasco, pronunció un discurso que parecía una despedida. Con Arturo Núñez sentado frente a él, hizo un corte de caja del régimen: “Nos falta mucho camino por recorrer, pero avanzamos”, dijo, intentando fijar el legado del sexenio. Fue una autocrítica sin culpa, una defensa elegante del gobierno que ayudó a construir y que ya naufragaba.

Ese día habló más como psicólogo de su tierra que como político. “Los tabasqueños somos complejos, difíciles de complacer”, dijo. “Nuestro temperamento tropical nos vuelve cortoplacistas, nos gusta el relumbrón y exigimos de todo sin importar que se hipoteque el futuro.” Años antes, según recordaba Enrique Krauze, Rosario había bautizado esa idea como “el gen suicida del tabasqueño”.

El discurso, más que un mensaje institucional, fue un autorrelato moral: reprochó a los críticos “que han hecho un deporte el cuestionar todo sin proponer soluciones” y defendió —sin nombrarla— a la presidenta del DIF, Martha Lilia López Aguilera, señalada por opacidad en su gestión. “Se critica —dijo— a la compañera que trabaja con pasión y entrega sin pensar en los reflectores.”

Fue su última lección pública. Un espejo invertido donde se revelaba la distancia entre el poder y la sociedad. En esa misma ceremonia, con voz solemne, pidió a los votantes “responsabilidad para reconstruir el Edén”.
Cuatro meses después, ese Edén votó por reconstruirse sin él.

DEL PRESTIGIO A LA SOMBRA

Tras la derrota del PRD y la llegada de Adán Augusto López Hernández al gobierno estatal, Rosario quedó fuera del mapa. En 2019 le retiraron la escolta oficial que lo resguardaba desde hacía años. “Ningún exfuncionario puede tener protección pública sin causa legal”, dijo el gobernador. Era el sello simbólico de una transición: el nuevo poder despojaba al viejo de su último privilegio.

Se retiró del foco público. En 2021 contrajo matrimonio y en 2022 reapareció en una cápsula conmemorativa de Telereportaje, más sereno, casi nostálgico. Parecía reconciliado con el olvido. Murió el 13 de noviembre de 2025, en silencio. Su muerte fue una nota breve en los portales, pero un eco largo en la historia política del estado.

EL FIN DE UNA ÉPOCA

Su vida fue el reflejo de un modelo político que se agotó: el del hombre que sabía demasiado, opinaba de todos y creía que el poder era una forma de razón superior. Tabasco ya no era ese territorio gobernable por operadores de voz baja y autoridad incuestionable. Con Rosario se fue una escuela política: la de la inteligencia sin empatía, la del mando sin rendición de cuentas.

Murió como vivió: rodeado de respeto y sospecha. Dejó una huella inevitable, pero también una advertencia. El poder sin autocrítica, termina quebrándose desde adentro.

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