En Villahermosa pasó algo que no es menor: el agua empezó a correr con fuerza. No en todos lados igual, no perfecto, pero sí distinto a lo que la gente venía arrastrando desde hace años. El cambio no cayó del cielo. Tiene nombre: Acueducto Usumacinta y Carrizal II.
La alcaldesa Yolanda Osuna Huerta lo puso así, sin matices: “Gracias a las obras del Acueducto Usumacinta, de la nueva Planta Potabilizadora Carrizal II y de las nuevas líneas de distribución, miles de familias ya tienen en sus hogares agua suficiente y de calidad”. Esa frase no es propaganda. Describe lo que ya se está viendo en varias colonias.
Pero en esa misma línea soltó lo que incomoda. “Este avance también ha traído un reto importante: la presión del agua en tuberías con más de 40 años de antigüedad ha provocado fugas”. Ahí está el punto. El sistema nuevo funciona, la ciudad vieja no. No es falla del agua. Es la factura de haber dejado la red como estaba durante décadas.

La presión sacó lo que estaba oculto
Las fugas no aparecieron de la nada. Ya estaban ahí, solo que con poca presión no tronaban igual. Hoy revientan. Y revientan diario. No hay misterio. Hay desgaste.
“Todos los días nuestras brigadas atienden entre 15 y 20 fugas; algunas sencillas, otras más complejas, pero todas se atienden”, dijo la alcaldesa. Ese número no es para presumirse. Es para entender el tamaño del problema.
En Centro estamos dando resultados: más agua, mejor infraestructura y atención diaria a los retos. Cuando el desafío crece, también lo hace nuestra respuesta. pic.twitter.com/mmuO5t4m2s
— Yolanda Osuna Huerta (@YolandaOsunaH) April 10, 2026
Quien recorre la ciudad lo ve. Calles abiertas, parches, maquinaria. No es desorden. Es una red que se está ajustando a la fuerza. Lo que antes se escondía ahora sale porque el agua empuja. Y aquí no hay que engañarse: reparar no es lo mismo que renovar. Es aguantar.
Obras profundas que no lucen
El caso de Atasta no es menor. En la calle Felipe Serra no están tapando un hoyo. Están metidos con un colector grande, profundo, de esos que sostienen medio sistema sin que nadie los vea. Ahí es donde se entiende la dimensión.
“Además, estamos reparando hundimientos y colectores dañados, como aquí en la calle Felipe Serra de la colonia Atasta, donde actualmente se interviene un colector perimetral de más de 40 metros y con una profundidad de casi cinco metros”, explicó Osuna. Eso ya no es mantenimiento de rutina.
Luego viene la parte política: “No hay indiferencia, no hay pausa; hay compromiso y hay responsabilidad del trabajo día con día”. Cada quien sabrá cómo leer esa frase. Lo cierto es que las obras están ahí, abiertas, visibles. No hay discurso que aguante si la calle dice otra cosa. En este caso, coincide.
Menos pipas, menos simulación
Otro cambio se está dando sin tanto ruido. Las pipas empiezan a dejar de ser la regla. Durante años fueron la salida rápida. También un mecanismo cómodo para administrar la escasez.
Con más presión en la red, esa dependencia baja. No desaparece, pero ya no manda. Eso cambia la dinámica diaria en muchas colonias donde el agua se conseguía, no se tenía.
Cuando el servicio se sostiene solo, se acaba una parte de la simulación. El agua deja de ser favor. Pasa a ser obligación. Así debería haber sido siempre. Ese ajuste no se ve en una obra, pero pesa más que varias.
La parte que nadie quiere pagar
Lo que viene no se va a notar rápido. Cambiar tuberías, rehacer tramos completos, meterse bajo tierra. Eso no luce. Tampoco da aplausos. Pero sin eso, lo que hoy mejora se vuelve a caer.
La ciudad ya probó lo que es tener presión. Ahora tiene que aguantarla. Y eso cuesta. Tiempo, dinero y paciencia. No hay atajo.
Villahermosa está en ese punto incómodo donde algo ya funciona, pero todavía no termina de sostenerse. Ahí es donde se define si el avance es de paso… o se queda.
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